Cuando estuve embarazada de mi primer hijo, Mathías, había muchas mamás alrededor de mí que me contaban como habían soñado con sus hijos antes de nacer, y algunas hasta me contaban que así se enteraron incluso del sexo de sus hijos antes que el médico les dijera. En mi caso no fue así con mí primer hijo. Pero con mi segundo hijo cambió.

Una noche, embarazada de mis mellizos (niño y niña), soñé con un adolescente con ojos azules y cabello amarillo vestido con camisa de cuadros, esperándome a la puerta de mi cuarto. Como diciéndome: te estoy esperando mamá. Me desperté y sabía que era él, mi bebé varón. Me llamó la atención, porque nunca pensé en que uno de mis hijos fuese a ser tan rubio, pero bueno era nada más un sueño hasta ese momento. Recuerdo que aún mi esposo y yo no habíamos decidido nombre  para él,  y  pocos días después decidimos llamarle Noah. El nombre de la pequeña ya lo teníamos mucho antes de concebirla, desde siempre queríamos que nuestra hija se llamará Amaia.

Cuando finalmente nacieron mis mellizos, fue una gran sorpresa ver como el  varón, Noah, era, en verdad, como se me había presentado en el sueño, un niño super rubio. Sin embargo, no logré entender porque de mis 3 hijos, con el único que  había soñado embarazada era con Noah, hasta que el tuvo 7 meses de nacido.

Para esa fecha Noah se complico con un virus respiratorio muy fuerte, que nos obligo a hospitalizarle, al segundo día no mejoraba, y una madrugada tuvo que ser pasado a terapia intensiva. Muchas enfermeras vinieron, trataban de encontrarle vena a mi hijo para ponerle la vía, tuvieron que pincharle varias veces, mi hijo lloraba desconsolado. Recuerdo que a esa hora de la madrugada llame a su pediatra muy asustada para contarle y me dijo Mary tienes que dejarles trabajar al personal de terapia, confía en que va a estar bien. Entendí  en ese momento, que eso estaba en realidad pasándome, el temor más grande de una madre, es ver que uno de sus hijos agrava tanto en su salud, que tema por su vida. Eso me estaba tocando vivirlo allí con mi pequeño bebe de sólo 7 meses.

Han pasado casi 4 años de haber pasado por esa experiencia y aún hoy escribiéndola me dan ganas de llorar.

No recuerdo con exactitud cuántos días estuvimos allí creo que 5-6 días, los más difíciles de mi vida, en los que no me separe de él ni un minuto, no pude bañarme y comí muy poco esos días, recuerdo la sensación de salir de la clínica a la semana con los pantalones flojos.

También recuerdo que, al principio, allí en terapia, me preguntaba ¿qué había hecho mal?, ¿que no vi?, ¿qué hubiese podido hacer para que evitar que mi hijo pasará por eso?, revisaba una y otra vez en mi mente todo lo que había hecho días atrás, todos los cuidados que le di, las veces que lo lleve al pediatra incluso durante esa semana, las desveladas, todo. Ahora allí estaba mi bebe de sólo 7 meses, en una terapia intensiva. Tenía tanto miedo de que algo le pasará, que no se recuperará.

De repente, recordé un pasaje de un libro que leí de un autor que me ha acompañado toda mi vida, Wayne Dyer, la fuerza del Espíritu, donde él cuenta que una vez un chico que iba a una de sus conferencias tuvo un accidente muy grave y había caído en coma, su familia se comunicó con Dyer y le pidieron que fuera a visitarlo. El fue, y al llegar sintió como la tristeza, la preocupación y la angustia de la familia no estaba ayudando a la recuperación del muchacho, estas emociones están en una vibración mucho más baja que la salud, por lo que en vez de ayudar al joven estaban bloqueando su propia capacidad de recuperarse. El entró a la habitación del muchacho y se mantuvo orando y meditando en paz por un rato largo en la habitación del chico, luego salió, y a los pocos días le avisaron que el chico había salido del coma y se encontraba bien.

Recordar esto me hizo entender que era momento de orar y de que mi estado emocional y nivel de energía era clave para lograr que mi hijo sanará y que Dios se hiciera presente en este momento. Sin explicación alguna, vino en ese momento un pensamiento a mi mente, recordé que yo había soñado con Noah de adolescente cuando estaba embarazada de él, y esa era la prueba de que el iba a salir de allí con bien, que superaría esa gran crisis. Recuerdo decirme a mí misma: ¡yo lo soñé adolescente, claro que va a salir de esto!. ¡Wao! Hoy lo recuerdo y me parece increíble. Ese sueño fue un milagro para mí.

Entendí en ese momento que haber soñado con mi bebé embarazada, no fue casualidad, tuvo un propósito mayor, darme la absoluta certeza en ese momento de angustia que iba a vivir con él, casi un año después, que todo iba a estar bien.  Para mí fue un mensaje claro de Dios, diciéndome  que estaba allí conmigo y que además Él ya sabía antes de que naciera Noah que íbamos a pasar por ese momento, y esa había sido la razón por la que yo soñe con Noah adolescente antes de nacer.  Ese sueño era un regalo de Dios para que me mantuviera fuerte y con fe llegado el momento, con la certeza de que saldríamos de allí.

En ese momento también entendí que no tenía sentido sentir culpas, no había ninguna, yo no hubiese podido hacer nada diferente, yo no había hecho nada mal, mi bebe me había escogido a mí como madre, porque sabía que yo tendría la fuerza para atravesar ese mal momento con él y acompañarlo en esa durísima etapa que a él le tocaba vivir. A él le tocaba pasar por ese duro momento, y tenerme a su lado luchando, manteniéndome fuerte y con fe, consolándole y amándole, era mi papel en ese momento y sería mi papel durante toda mi vida.

Entendí que, aunque quisiéramos con toda el alma, no podremos evitar todos los dolores, experiencias difíciles y problemas a nuestros hijos, pero somos quienes han escogido como madres para acompañarlos, darles fuerza y hacerles sentir amados en cada momento, los felices y los no tanto.

Ese día admire más que nunca la labor sagrada que tenemos las madres, la capacidad increíble de sacar fuerzas donde no tenemos, la capacidad de pasar días sin descanso, sin dormir, sin casi probar alimento, sólo por nuestros hijos. Pero sobre todo entendí, que estamos en la vida de ellos con una misión más grande que nosotras mismas, acompañarlos en su propio camino, en su propia misión en esta tierra, pero no estamos solas, Dios está con nosotras.

Este artículo va dedicado a todas las madres y padres que están pasando por un momento difícil  con sus hijos, les envío mucha luz y fuerza, y tengan la absoluta certeza de que no están solos. Dios nos da la fuerza.

Reciban un gran abrazo lleno de mucho amor,

Marysol