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Hoy quiero enviar un mensaje de profundo reconocimiento a todas las mamás, desde la posición de cada una, aquellas que apenas están empezando el camino y están saliendo adelante con su embarazo, hasta aquellas que hoy están disfrutando de sus nietos.

Ser madre es, sin duda alguna, el rol más complejo (te lo dice una ingeniera química, acostumbrada a resolver problemas y diseños de gran complejidad jajaja) pero también más hermoso que me ha tocado desempeñar en mi vida.

Recuerdo la primera vez que mi hijo mayor se enfermó y sólo quería estar junto a mí. Tenía 2 años. Allí estaba su papá, en la misma habitación de la clínica que yo, un papá presente, amoroso y comprometido. Yo me estaba quedando con mi hijo en las noches y por un momento necesite apartarme de su cama e ir un segundo al baño ¡Necesitaba urgente ir al baño!  Empezó a llorar tan profundamente, el realmente no quería que lo dejará sólo. El estaba asustado por todo el ambiente médico y no quería que me apartara de el ni un segundo.  En ese momento entendí que el rol que yo desempeñaba en la vida de ese niño, de mi pequeño, de esa pequeña criatura era incluso más grande de lo que yo había podido imaginar, era más grande que yo misma. Yo era su refugio, su ambiente seguro. Me sentí abrumada.  Nunca había sido tan necesitada.

Pero es que cuando somos mamás nos convertimos literalmente en el ser más importante para alguien. Pasamos de ser lo más importante para nosotras mismas, a ser lo más importante para otro ser, un ser frágil, que nos necesita absolutamente para su supervivencia, su desarrollo y su crecimiento y para convertirse en seres humanos buenos y felices.

No existe una responsabilidad más noble y más importante que podamos ejercer en nuestra vida, que el ser madres.  Si como sociedad fuésemos más conscientes de la importancia del papel de una madre para sus hijos y para el bienestar y el éxito de la sociedad en general, si entendiéramos  que el bienestar, la tranquilidad y el apoyo que demos a las madres es un beneficio directo que nos damos como sociedad, como comunidad, como país y como planeta, todo fuera muy diferente y en primer lugar dejaríamos de juzgarnos y jugarlas tanto y más bien apoyarlas en todo cuanto sea necesario.

Cuando finalmente somos madres, empieza a resonar eso que nos decían nuestros padres: ¡cuando tengas hijos entenderás! y lo cierto es que cuando empiezas a entender y a experimentar todas las necesidades de un pequeñito recién nacido, todo el miedo y todo el amor, toda la emoción y todo el agotamiento mezclado que hay en los primeros días del nacimiento de tu bebe, te das cuenta por primera vez que tus padres también hicieron eso contigo, que también fuiste así frágil, indefenso y también necesitaste de sus cuidados amorosos, muchos dados por encima de su propia necesidad de comer, de descansar e incluso de ir al baño, de dedicar su tiempo a lo que antes hacían, de cumplir sus propias metas personales, o sus sueños antes de ser madre o padre.

Luego cuando crecen, entiendes el valor y la importancia de enseñarles de disciplina, de respeto, del valor del esfuerzo y de intentar hacer nuevas cosas, de intentarlo así piense que no es bueno en ello, o que es muy difícil. Nos toca enseñarles que la excelencia sólo se alcanza practicando, dedicando tiempo, cayéndonos, pero levantarnos. Nos toca entender que no podemos ni debemos evitarles las caídas o el fallar, porque sabemos que el que aprenda a levantarse y seguir adelante es parte fundamental de la vida.

También nos toca enseñarles el valor del perdón, que es necesario pedir perdón cuando nos equivocamos y perdonar cuando son otros los que se equivocan. Y una de las cosas más difíciles, al menos para mí, es encontrar la medida exacta de cuanto debo protegerles.  Protegerles de los peligros que sabemos que hay en la vida, sin cortarles las alas, y sin sembrarle el miedo de ir por sus sueños y por lo que quieren en su corazón. Sembrar en ellos, el amor y la fe por sí mismos. Tantas cosas. Tantas situaciones. Tantas vivencias. Es que ya no vivimos por nosotras mismas. Ya vivimos por y para ellos.

Hoy veo mi vida hacia atrás y no puedo ver ningún momento importante de mi vida, sin el apoyo fundamental de mi propia madre, su entrega, su amor, su fortaleza, su fe inquebrantable y su valentía. Valores que ha dejado sembrado en mi corazón y sólo espero que pueda también sembrar en el corazón de mis hijos: Mathías (6), Noah y Amaia (3).

Estoy convencida que el mejor legado que podemos dejar a nuestros hijos, es el ejemplo que le demos con nuestra propia vida, si permites que el rol de la maternidad haga su magia en ti, necesariamente te convierte en una mejor persona, te hace más consciente de tus defectos y de los deseos de mejorarlos, y saca lo mejor de ti, entregas lo mejor de ti para este ser que tanto amas. Nuestros superpoderes femeninos se realzan: nuestra empatía, nuestra intuición, nuestra capacidad de preocuparnos y adelantarnos a problemas futuros, nuestro gran deseo de ayudar, nos hacen poder desempeñar este rol con tanto amor y con tanta entrega.

Hoy mi propio compromiso con ser una persona feliz, con cumplir mis metas, mis sueños y ser un ser humano mejor cada día, uno que deje huella, es más profundo que antes de ser madre, porque sé que este es el mejor legado que puedo dejar a mis hijos. Si ellos saben que su madre es feliz, ellos tendrán la certeza que para ellos también la felicidad es posible. La verdadera felicidad.

Hoy honro el rol maravilloso que Dios dispuso que desempeñara en la vida de mis tres hijos y te honro a ti, cada madre del mundo, que haces lo mejor cada día, que te entregas, que trabajas cada día fuera y dentro de tu casa, en todos los ambientes donde te desenvuelves por el bien de tus hijos, por el gran amor a tus hijos. Por esos seres que amas más allá de ti misma. TU ERES quien mueve realmente al mundo.

¡Gracias Mamá! ¡Gracias mamás!